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José Manuel

Ecuador

José Manuel con 98 años sigue trabajando la tierra.

Bolívar

La provincia de Bolívar lleva su nombre en honor al Libertador Simón Bolívar desde 1884, año de su fundación. Se ubica a los pies del volcán Chimborazo y en el centro del país de la mitad del mundo. Por excelencia es un puente y un lugar estratégico donde convergen el páramo andino y el subtrópico costanero. Así también, identidades y culturas tienen un sitio histórico de encuentro desde tiempos inmemoriales.

 Fue gracias a un amigo que también tenía planes de explorar la zona de Bolívar que conocí a Manuel. Me embarqué en un reportaje sobre el Salinerito, un lugar que representaba una de las tantas mentiras eurocéntricas que habían cruzado mi camino en esta travesía, llevándome una vez más al lado de Occidente.

El Salinerito en Salinas de Guaranda, Bolívar, se vendía como una economía circular y solidaria para las comunidades indígenas, creada por los capellanes italianos Salesianos que propagaban su marca como una economía realmente solidaria. Sin embargo, descubrí que era más bien una economía concentrada, con intereses familiares y directivos que afectaban más que beneficiaban a la población local.

A partir de ese momento, surgieron conflictos internos y personales, alimentados por informes y entrevistas con personas que miraban con descontento la gestión llevada a cabo por el padre Polo. Las asambleas, por ejemplo, carecían de representación directa, y los estatutos permanecían ocultos, permitiendo que el monocultivo de la vaca y la producción de lácteos generaran graves problemas ambientales. Incluso la fábrica de textiles contaminaba el río diariamente.

Sin embargo, el turismo ajeno a estos problemas locales disfrutaba de los productos italianos ideados para un contexto religioso, alejados de la cultura de la zona.

Fue en medio de estas entrevistas cuando conocí a José Manuel, pues su familia hablaba de las dificultades para vender sus productos debido al trato de favor que las fundaciones y directivas otorgaban a sus propios intereses.

José Manuel, con sus 98 años, encarnaba la figura de aquel hogar, una vida dedicada a trabajar la tierra hasta el último día. Representaba a tantas personas de Ecuador y América, arraigadas en una conexión profunda con la Tierra y el mundo que los rodeaba.

Su nieto, Samuel, y sus hijas estaban orgullosos de él, y me insistían en que lo entrevistara para que me contara cómo era la vida antes de la llegada del Salinerito y los curas que ahora se autoproclamaban héroes y salvadores del pueblo, presumiendo de haber erradicado la pobreza.

Manuel compartió su sabiduría conmigo, rememorando una época en la que, si bien faltaba luz y saneamiento, la tierra ofrecía una autosuficiencia que les permitía vivir sin necesidades extremas.

Explicaba que uno de los grandes problemas actuales era la pérdida del deseo de trabajar la tierra, que la gente se había vuelto perezosa debido a todo lo que había llegado de fuera, refiriéndose a lo que comprendía como la modernidad.

Las palabras de Manuel resonaron en mi interior, haciendo eco de un pasado más sencillo y conectado con la naturaleza, antes de que la ambición y el afán de progreso alteraran su realidad. En su voz, descubrí la añoranza por una época en la que la tierra proporcionaba todo lo necesario y en la que las comunidades vivían en armonía con su entorno.

 Manuel, con su sabiduría y sus 97 años de vida dedicados a trabajar la tierra, me hizo reflexionar profundamente sobre la necesidad de volver a conectar con la tierra. Sus palabras y recuerdos me mostraron una época en la que la relación con la naturaleza era más íntima y en la que la autosuficiencia de la tierra era suficiente para vivir en armonía.

Sus relatos despertaron en mí una añoranza por aquel pasado más simple y auténtico, donde la comunidad encontraba su sustento y felicidad en las labores del campo. La modernidad y la ambición por el progreso, que tanto ha afectado a la zona, quedaban eclipsadas por la visión de un Manuel que aún seguía trabajando la tierra con pasión. Me dijo;La tierra es nuestra madre generosa, y debemos cuidarla con amor y respeto, porque de ella obtenemos todo lo que necesitamos para vivir en armonía.” , son palabras muy sencillas pero me llegarón más que nunca.

Al escucharlo, sentí cómo el valor y la importancia de la agricultura y el respeto por la naturaleza se manifestaban como enseñanzas imprescindibles para el futuro. La necesidad de volver a trabajar la tierra se hizo evidente, no solo para el bienestar de las comunidades locales, sino también para preservar la esencia de un modo de vida que se había ido perdiendo con el tiempo.

Manuel me mostró que había una belleza intrínseca en la relación directa con la tierra y el mundo que nos rodea, una belleza que había sido opacada por las ansias de desarrollo y progreso. Su ejemplo dejó una profunda huella en mí, recordándome la importancia de valorar y proteger los recursos naturales, así como de recuperar esa conexión perdida con la tierra.

Desde entonces, cada vez que pedaleo por esos caminos, llevando conmigo las historias y enseñanzas de Manuel, siento un compromiso renovado con la tierra y con aquellos que, como él, han dedicado sus vidas a cuidarla y trabajarla. Su legado se convierte en un recordatorio constante de que, si queremos un futuro sostenible y armonioso, debemos volver a mirar hacia la tierra con respeto y gratitud, honrando su generosidad y reconociendo que nuestro destino está inextricablemente ligado al suyo.

La insostenibilidad del monocultivo de la producción de queso del Salinerito se revela como una preocupante contraposición a la visión armoniosa de Manuel y su relación con la tierra. Mientras escuchaba las historias del anciano, me di cuenta de cómo la expansión desmedida de la producción láctea había generado graves problemas ambientales y sociales en la región.

El Salinerito, que se presentaba como un ejemplo de economía circular y solidaria, escondía una realidad opuesta. La concentración de recursos en manos de unos pocos directivos y familiares afectaba directamente a la población local, limitando su acceso a oportunidades y desarrollo. La falta de transparencia y representación en las asambleas generaba un desequilibrio que favorecía a ciertos intereses particulares.

El monocultivo de la vaca y la producción masiva de queso eran un desafío para la sostenibilidad ambiental. La tierra, antes autosuficiente y en armonía con la comunidad, se había convertido en un recurso explotado en beneficio de unos pocos, dejando una huella negativa en el medio ambiente.

Los problemas de contaminación del río causados por la fábrica de textiles también reflejaban una realidad insostenible que contradecía la imagen de una economía solidaria y respetuosa con la naturaleza.

La visión de Manuel, con su profundo conocimiento de la tierra y su forma de vida anterior, se convirtió en un llamado a la reflexión sobre la necesidad de retomar un enfoque más equilibrado y respetuoso con el medio ambiente. La sobreexplotación y el monocultivo, que habían resultado en una pérdida de la biodiversidad y una degradación del entorno, urgían a replantear la forma en que interactuábamos con la naturaleza.

En medio de este contraste, la sabiduría de Manuel se alzaba como una voz que recordaba la importancia de preservar los valores tradicionales, la diversidad y la sostenibilidad en nuestras prácticas agrícolas y económicas.

En mi camino de regreso a la carretera, llevaba conmigo la lección aprendida de aquel encuentro con Manuel, consciente de que la sostenibilidad no solo se refería a mantener el equilibrio entre el ecosistema y la sociedad, sino también a cuidar la relación con la tierra y reconocer el valor intrínseco que posee como fuente de vida y sabiduría.

Más sobre el lugar

En la época precolombina, la zona estuvo poblada por los puruháes, que fueron etnias numerosas de indígenas que ocupaban las provincias de Chimborazo, Bolívar, Tungurahua y parte de Cotopaxi. Tuvieron una monarquía federativa, donde cada curaca o régulo gobernaban independientemente su propio pueblo; pero en casos graves relativos al bienestar general, todos los jefes se juntaban a deliberar en asamblea común, presidido por el régulo.

José Manuel Aldas

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