Bondad en la Ruta

por | Nov 9, 2023 | Anecdotas, Personas | 0 Comentarios

El sol se ocultaba detrás de las imponentes montañas de Quilotoa, tiñendo el cielo de tonos cálidos y dejando tras de sí una estela de colores en el horizonte. Mis pasos cansados resonaban en el silencio de aquel pequeño pueblo de la sierra ecuatoriana, donde el viento soplaba con suavidad, llevando consigo el aroma fresco de la naturaleza.

Había estado pedaleando durante horas, sin encontrar un lugar donde saciar mi hambre que se intensificaba con cada paso. La esperanza de hallar algo para comer comenzaba a disiparse, hasta que mis ojos se posaron en una modesta casa. Me dirigí hacia allí con la esperanza de encontrar algo para calmar mi apetito.

Al detenerme frente a la puerta, la figura de una mujer apareció, destacándose como un faro de bondad en aquel remoto rincón. Era Rosa, una mujer de mirada franca y sonrisa acogedora. Le pregunté si había algún lugar cercano donde pudiera comprar algo para comer. Su respuesta, sin embargo, fue un gesto negativo.

Era un lugar apartado, un pequeño pueblo que apenas contaba con cuatro casas y carecía de los lujos urbanos. Mis esperanzas de encontrar alimento se desvanecían, pero entonces, como un regalo inesperado, la hija de Rosa, Maria,  salió corriendo hacia mí. “¡Hola señor! ¡Vuelva! ¡Mi madre le invita a comer!”, gritó con entusiasmo.

Así fue como fui introducido en la humilde morada de Rosa. Un rincón acogedor donde la sencillez se entrelazaba con la calidez de un hogar. Me recibieron con los brazos abiertos, como si fuera un viejo amigo que regresaba después de mucho tiempo. Rosa, con una gracia natural, me condujo hacia la mesa y me invitó a compartir el fruto de su esfuerzo. Antes, Rafael me mostraba las canicas que tenía y había ganado jugando con sus amigos, eran muchas.

Mientras narraba su historia, supe que Rosa enfrentaba la vida con valentía. Su esposo trabajaba en la lejana capital, Quito, y ella se encargaba de sostener el hogar con amor y determinación.

Los platos que dispuso frente a mí, sencillos pero llenos de cariño, hablaban de la generosidad que brotaba de su corazón. Arvejas con papas, un manjar que cobraba vida en aquel modesto plato. Cada bocado estaba impregnado no solo con el sabor de los ingredientes, sino también con la esencia de la solidaridad y la amabilidad.

En ese rincón remoto de la sierra ecuatoriana, compartimos historias y risas alrededor de aquella mesa que, por un momento, se convirtió en el epicentro de la humanidad y la conexión entre extraños. Rosa, con sus manos curtidas por el trabajo y su corazón generoso, me recordó la belleza de la humanidad que trasciende fronteras y distancias.

En aquel encuentro fortuito, como tantas personas en estos 6 años de vida nómada, donde en los lugares más inesperados, se encuentran las lecciones más profundas sobre la bondad y la generosidad. Más allá de los paisajes bonitos e increíbles, están las personas que habitan estos lugares, y son ellas quienes enriquecen mi viaje con sus historias, generosidad y calidez humana.

 

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